ElcheEn el mundo conocida por su palmeral, desde hace algunos años, patrimonio histórico de la Humanidad, Elche, la segunda ciudad en importancia de la provincia de Alicante, lucha –y, de momento, lo va consiguiendo- por mantener, en la medida de lo posible, unas condiciones de habitabilidad y un entorno natural acorde con una vida cómoda, una escala de vida y valores en los que la naturaleza siga teniendo un papel central en la vida de la población. Puede parecer algo difícil de entender estos días, pero será mucho más fácil de asimilar si se visita, antes de pasear por los huertos San Plácido o del Cura, dos de los principales palmerales de la ciudad, el Museo del Palmeral. Allí, audiovisuales, pantallas táctiles, reproducciones y exhibición de utillaje tradicionalmente utilizado en la explotación del palmeral, ayudarán bastante al viajero a ubicarse en la importancia del lugar que está visitando.

Una vez instruido de teoría, el viajero encontrará más placentero aún, si Palmeral Elchecabe, el posterior paseo por el ya mencionado Huerto del Cura, un inmenso jardín de trece mil metros cuadrados en el que crecen más de mil palmeras. Una vez allí, de ninguna de las maneras habrá que olvidarse de visitar la Palmera Imperial –hay un sendero balizado que lleva hasta ella-. Los siete brazos que nacen del mismo tronco del árbol son sencillamente espectaculares. Además, para no perderse nada, se recomienda seguir el sendero a pie que enlaza –incluyendo el museo- los huertos más tradicionales de la villa… incluido, cruzando la calle Curtidors, Parque del Filet de Fora, una de las concentraciones de huertos mejor conservados de Elche. Y es que los de Casimira, Pastoret, Mareta, Borreguet y Monjo conforman un conjunto de cincuenta mil metros cuadrados de floresta ubicados en pleno entorno urbano. Son más dos kilómetros y medio de recorrido…pero, realmente merecen la pena. Y así, pasito a pasito, se llega al centro histórico ilicitano.

Un espacio de arte al aire libre

Elche torreNada más atravesar el puente de Canalejas, junto al ayuntamiento –del edificio forma parte La Torre del Consell, la construcción municipal más antigua del sur de la Comunidad Valenciana- y la vecina Torre de Calentura, con su reloj de autómatas construido en 1572, el viajero no tarda en encontrarse con el magnífico Espai d’Art. Mejor no acercarse hasta allí sin cámara de fotos en ristre. El arrepiento por el olvido será inmediato y profundo, dado el carácter y singularidad de este espacio. Y es que, prácticamente a cada paso, el camino se tropieza con una pieza firmada por Sixto Marco, José Luis Sánchez Fernández, José Díaz Azorín, Miguel Ruiz, Amadeo Gabino, Pablo Serrano ó Ernesto Knörr. En suma, una auténtica delicia.

A la playa y a comer

Aun en invierno, los días soleados son algo habitual en Elche. Por eso, conocer algunos de los escasos kilómetros de arenales vírgenes que le quedan, a día de hoy, al litoral levantino , parece algo más que una sugerente propuesta para acercarse hasta aquí. Ahí están, si no, cómo prueba, las arenas de Carabassí, con sus casitas blancas de pescadores, y el pinar que empieza donde acaba la duna; o la playa de La Marina, con su magnífica vista sobre Alicante –también puede ser aliciente, para algunos, el continArenal Elcheuo sobrevuelo de aviones que aterrizan y despegan desde el cercano aeropuerto de El Altet-.

Ah… si después del baño se abre el apetito, un aviso: aquí no existe apenas la costumbre del tapeo. Dicho y sabido esto, lo suyo será probar, en alguno de los muchos y buenos restaurantes que en Elche existen, un delicioso arroz con costra, el plato más emblemático de Elche, o el tradicional puchero con pelotas. Y de postre, desde luego, el mejor postre aquí posible. ¿el qué? Pues dátiles, que iba a ser.

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