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Marrakech, un viaje de los sentidos

13 de agosto, 2010

viajar a marrakech en marruecosHace mil años, las caravanas establecieron un punto de descanso, en sus viajes hacia los puertos del Mediterráneo. Con las años, con las décadas, con los siglos, el asentamiento fue mutando, sucesivamente, de campamento de jaimas a poblado, pueblo, ciudad…eso sí, siempre conservando ese aroma a incienso y especias que dejaron aquellos comerciantes nómadas.

Alguien dijo que Marrakech era una macedonia de olores… y pocas veces se habrá hecho un comentario más acertado y descriptivo sobre una ciudad. Para comprobarlo, no hay más que perderse por las calles del centro y comprobar cómo los olores de los puestos ambulantes de comida, instalados aquí y allá, lo impregnan todo. ¿Y qué decir acerca de acercarnos a curtidurías? Talleres en los que se curten las pieles cómo se ha hecho durante siglos…bañándolas en agua mezclada con excrementos de paloma (ni siquiera la rama de menta que, amablemente, ofrecen a la entrada logra camuflar, del todo, el olor…hedor).

Si eso es Marrakech, olor….olor a azafrán, a comino, a especias, a te de menta, mercados de verduras, vendedores ambulantes de fruta fresca…Si, Marrakech también es comida…y para empezar a descubrir este Marrakech, lo mejor es dejarse caer, ya en la noche, por alguno de los puestos de comida ambulante de la plaza Djemaa y, dejándose llevar por el apetito, pedir un zumo de naranja natural exprimido ante los ojos (a medio euro) y dejarse tentar –y caer en la tentación- de una brocheta de carne, pescado, verdura o frutas. Y, si hace algo de más elaborado, pedir un tazón de caracoles al estilo marroquí –o sea, picantes- o un plato de tajines, una receta tradicional marroquí con una base de pollo, pescado o cordero.

Eso si, más difícil será encontrar alcohol en esta ciudad musulmana…aunque siempre se podrá buscar una cerveza en Dar Essalam, el restaurante en el que Alfred Hitchock rodó algunas escenas de El hombre que sabía demasiado .

Claro, que no sólo de comida vive el hombre….y no sólo para comer se va a Marrakech. Por ejemplo, el viaje puede servir para ver ponerse el sol sobre la Kutubia, una torre minarete gemela de la Giralda de Sevilla; pasear por los vecinos jardines, repletos de naranjos, palmeras, rosales… mezcla de colores, contraste con el color arcilloso de la torre; volver a la plaza de Djemaa (allí donde ya se comió un brocheta) y hacerse un tatuaje de henna, disfrutar de los espectáculos callejeros (desde saltimbanquis a amaestradores de monos y serpientes) o regatear con los vendedores ambulantes; escuchar las llamadas a rezo, varias veces al día, desde las decenas de mezquitas que pueblan la ciudad…No faltarán, en esta ciudad, propuestas a las que atender, deseos que cumplir, rincones que visitar en una ciudad, Marrakech, que es olores, sabores, colores, imágenes, sonidos, sensaciones, lugares…Así es Marrakech: un mundo, dentro de cientos de mundos.

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  1. Martes, 17 de agosto de 2010 a las 07:49 | #1

    Increíble Marrakech, sus rincones, comidas, ambiente… Me quedo con el cuscús con lo que sea (verduras, cordero, garbanzos) y escuchar la llamada a la oración desde la Plaza Djemaa o la azotea de un riad en plena Medina, no es fácil de olvidar.

  2. Turismo Marruecos
    Viernes, 25 de marzo de 2011 a las 20:11 | #2

    Marrakech es una joya, no os la perdais.