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Turismo por España. Un paseo por Avilés

11 de octubre, 2010

Cuando alguien oye el nombre de Avilés, lo más probable es que relacione la población con un lugar industrial asturiano, con una población envuelta en humo negro, con una ciudad que poco tiene que ofrecer al viajero. Craso error….cómo sabrá cualquiera que haya caminado por sus calles en los últimos cinco años.

Durante años, aquí se desarrolló la mayor industria de acero de toda España. Por décadas, las chimeneas de los altos hornos fueron dejando, día y noche, un poso de humo negro que ennegreció sus edificios…unos edificios que fueron bellos, señoriales…y que, hoy han vuelto a ser bellos señoriales.

A poco más de diez minutos de carretera desde Gijón, y Oviedo poco más lejos, Avilés ofrece, para empezar hileras de soportales que se miden por kilómetros… y para continuar, un puñado de monumentales construcciones, levantados con los dineros que dejaron siglos de ser el principal puerto de Asturias. No en vano, después de Oviedo, está es la ciudad con más monumentos de todo el Principado.

¿Un paseo?

Se camine por donde se camine….se ande hacia donde se anda, los paseos en Avilés siempre empiezan –y acaban- en la plaza de España…también conocida cómo la plaza del Parche entre los lugareños. Aquí, el Ayuntamiento, la casa de García Pumarino y el palacio del Marqués de Ferrera (ahora un lujoso hotel) dan testimonio de la opulencia en la que vivió la población en tiempos del Barroco. Desde aquí lo suyo es dejar que los pasos se pierdan por las calles Ferrería, Fruta y Sol. Allí se conserva el espíritu de lo que fue el Avilés medieval…a la par que prestan espacio a un amplio surtido de cafés, comercios y sidrerías…en las que, todos los meses de octubre y noviembre, se tiene la costumbre de beber sidra dulce y comer castañas asadas. Claro que, en esta ciudad, cualquier momento es bueno para echarse unos vinos y unas sidras….aun cuando los lugareños prefieran los últimos momentos de la jornada. Es entonces cuando los locales se ponen de bote en bote…es entonces cuando merece la pena dejarse llevar por tanta animación cómo gastan por aquí. Algunas sugerencias podrían ser El Matu, y sus chipirones (o sus callos); las raciones de pescado de Les Ayalgues, El Tayuelu y Ría de Avilés; o los chipirones a la plancha de La Arcea. Claro que, si lo que se prefiere es hacer la comida a la vuelta a casa, lo suyo sería pasarse por El Colosal, una de las tiendas de ultramarinos más antiguas de España.

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