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Esquiar en los Alpes franceses. Turismo de nieve

29 de septiembre, 2010

El verano quedó atrás, así que habrá que ir pensando en nuevas formas con las que pasárselo bien, en nuevos lugares que visitar. Se puede viajar lejos para ello, a parajes en los que, desde ahora, comenzará a brillar el sol de la primavera y el verano austral –es una posibilidad a valorar-; o bien, se puede tratar de sacarle provecho a lo que, desde ya, quedará más cerca: la nieve. ¿Y donde buscarla?. Bueno, no faltan propuestas y destinos…cómo, por ejemplo,….¿los Alpes franceses?.

A 150 kilómetros de Lyon, el territorio formado por los valles Méribel, Belleville y Courchevel, está considerado cómo la extensión esquiable más grande del mundo, al estar conectadas por pistas y remontes que permiten recorrer todo el territorio…sin apearse de los esquís. ¿Por qué no empezar a conocer la comarca viajando, por ejemplo, a Méribel?. La verdad es que, al estar entre los otros dos valles, facilita bastante los desplazamientos…además de ser ideal para presupuestos modestos. En el pueblecito de Brides les Bains, aunque hay poca animación nocturna, siempre se puede encontrar un hotelito barato al que ir a dormir….y un spa en el que darse un baño termal en unas reputadas aguas.

A la hora de plantearse recorridos por el valle, y contando siempre con que las carreteras están en buen estado, se podrá elegir entre subir a la estación de Méribel, tomar el funicular que asciende hasta La Saulire (las vistas desde allá arriba son sencillamente espectaculares –otra opción es tirarse en parapente desde más de 2.000 metros de altura); o dedicar la mañana a recorrer, en Moûtiers, un mercadillo de productos frescos – martes y viernes por la mañana- en el que se pueden encontrar los mejores quesos de toda Saboya…incluído el tomme de montagne (queso de montaña).

Una postal navideña

Saint Martin de Belleville es la capital del valle homónimo (en el apellido). Para llegar desde Moûtiers hay que afrontar una subida de 23 kilómetros. Pero no hay que asustarse, tanto las vistas, cómo la estampa de la localidad (a todos parecerá cómo sacada de una felicitación navideña) merecen la pena. Además, por si fuera poco, en la iglesia local (Notre Dame de la Vie Sanctuary; estilo barroco) tienen por costumbre, de tanto en tanto, celebrar conciertos de música clásica. La acústica del edificio es sencillamente sublime, tal y cómo, con un poquito de suerte en cuanto a la elección de la fecha para pasar por allí, podrá comprobarse.

No lejos de allí, la población de Les Menuires es otro mundo. Moderna y bulliciosa, aquí encontrará el viajero desde paseos con raquetas de nieve, organizados por la Escuela Francesa de Montaña; recorridos en trineo tirados por perros; piscina climatizadas al aire libre; o, en el mercadillo callejero de La Croisette, los deliciosos tarros de miel del señor Villiod, toda una institución en la zona.

Se ha llegado a la puerta de entrada a Val Thorens, una modélica estación –varias veces galardonada por su cuidado del medio ambiente- enclavada en un paraje inigualable: seis glaciares y ocho cumbres por encima de los 3.000 metros. Una vez aquí, coger el telecabina que sube a una de ellas (concretamente, a Cime de Caron -3.200 m-) es algo que sencillamente hay que hacer. Desde la cumbre, y si la niebla no dice lo contrario, la vista podrá girar, 360º, sobre un territorio erizado por más de un millar de alturas repartidas por territorios de Italia, Francia y Suiza

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